EL PODER DEL SILENCIO ROTO
Cuando la Dignidad Suena y Resiste
EL PODER DEL SILENCIO ROTO
Cuando la Dignidad Suena y Resiste
El miedo, ese veneno silencioso que se esparce sin dejar rastro visible, ha sido durante décadas una de las herramientas más efectivas para controlar a las comunidades migrantes en Estados Unidos. Paraliza, atomiza, convence de que la injusticia es parte natural del paisaje. Pero ese silencio está resquebrajándose. Lo que comenzó con un simple silbato naranja en Chicago se ha convertido en una sinfonía de resistencia organizada, un recordatorio de que incluso los instrumentos más modestos pueden detonar transformaciones profundas.
En barrios como La Villita, la aparición del silbato naranja marcó un antes y un después. Baltazar Enríquez, líder comunitario, entendió que frente a las tácticas encubiertas y las detenciones que muchos describen como “secuestros”, la respuesta no tenía que ser una confrontación directa, sino un acto colectivo. El silbato, visible, económico y estridente, cumplía una función doble, la de alertar de la presencia de agentes de ICE y convocar, en cuestión de segundos, a testigos. Convirtió la vulnerabilidad individual en una escena pública, obligó a la transparencia y limitó la impunidad. “No tenemos armas. Solo tenemos un silbato”, dijo Enríquez. La frase, tan simple como contundente, resume la esencia de esta estrategia: La fuerza real está en la organización.
La llamada “Whistlemania” no surgió de la nada. Fue la respuesta orgánica de una comunidad cansada de vivir entre sombras. Y, como ocurre con todo acto de resistencia efectivo, su influencia trascendió fronteras locales. Lo que nació en Chicago se replicó, reinterpretó y amplificó en distintas regiones del país, dibujando una verdadera geografía de la resistencia.
En la costa oeste, por ejemplo, organizaciones como Unión del Barrio en San Diego han adoptado su propia versión de esta vigilancia comunitaria. Allí, megáfonos y patrullajes barriales anuncian públicamente la presencia de agentes migratorios, una táctica que no solo informa, sino que disuade. La resistencia, en estos casos, se ejerce desde la visibilidad para impedir que la sombra sea el arma del Estado.
Al mismo tiempo, varias ciudades han levantado barreras desde lo político. Las jurisdicciones que rechazan colaborar con ICE -ya sea a través del rechazo de los ICE Holds o mediante la adopción de políticas de “Ciudad Santuario”- han construido un escudo legal que protege a los migrantes del alcance federal. No son soluciones totales, pero sí medidas que restan poder a la maquinaria deportadora.
La educación también se ha convertido en un campo crucial. Las tarjetas de derechos, distribuidas en miles, instruyen a las personas a permanecer en silencio y exigir órdenes judiciales. Las redes digitales de alerta mapean la actividad migratoria y transforman el miedo en información útil.
Desde un silbato hasta una política local, desde un megáfono hasta una tarjeta de bolsillo, todos estos instrumentos revelan una verdad fundamental, la dignidad no se pide; se ejerce. Y cuando una comunidad decide hacer ruido, ni el miedo ni la amenaza pueden contenerla. Lo que emerge hoy es un nuevo modelo de seguridad, uno que no depende del Estado, sino de la solidaridad.
Porque a veces la resistencia no necesita más que eso, un sonido agudo que recuerda que nadie está solo.
Nora Oranday, Coordinadora de Acción en Plenitud para Adultos Mayores del Partido Acción Nacional