LA FRONTERA QUE LLEVAMOS EN EL CUERPO
La Doble Condena de Ser Mujer y Migrante en Estados Unidos
LA FRONTERA QUE LLEVAMOS EN EL CUERPO
La Doble Condena de Ser Mujer y Migrante en Estados Unidos
Hoy, 25 de noviembre, el mundo se tiñe de naranja para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Los discursos oficiales hablarán de cifras globales, de feminicidios y de techos de cristal. Sin embargo, en los Estados Unidos, existe un grupo demográfico para el cual la violencia no es solo un evento, sino un ecosistema constante: Las mujeres migrantes. Ellas habitan una intersección peligrosa donde el género y el estatus migratorio convergen para crear una "doble condena" de silencio e invisibilidad.
Ser mujer y migrante en Estados Unidos, especialmente si se carece de documentos, es vivir en una paradoja cruel. Son las manos que cuidan a los hijos de otros, las espaldas que recogen las cosechas que alimentan al país y la fuerza que limpia los edificios corporativos; sin embargo, el sistema les niega la humanidad básica que sus labores sostienen.
La exclusión comienza con el miedo. Para la mujer migrante, la amenaza de la deportación es la herramienta de control más eficaz, utilizada tanto por empleadores inescrupulosos como por parejas abusivas. He aquí la trampa mortal, ¿Cómo denuncias a tu agresor cuando la policía representa un peligro mayor que el golpe?
En el ámbito doméstico, esta dinámica otorga una impunidad casi absoluta al maltratador. Miles de mujeres soportan violencia física, psicológica y sexual en sus hogares porque la llamada al 911 se percibe como un boleto directo a un centro de detención. El sistema legal, diseñado teóricamente para proteger, se convierte en un arma de chantaje, "Si te vas, llamo a la migra y no vuelves a ver a tus hijos". Esta violencia vicaria mantiene a las mujeres atadas a sus verdugos, convirtiendo el "sueño americano" en una prisión de puertas abiertas.
Pero la violencia no se limita al hogar; es institucional y laboral. En los campos agrícolas y en el servicio doméstico, el acoso sexual es un secreto a voces. Las mujeres migrantes enfrentan salarios robados y condiciones insalubres, sabiendo que reclamar derechos laborales es un lujo que su estatus no les permite. Son excluidas de la red de seguridad social, sin acceso real a salud reproductiva, sin seguro de desempleo y, a menudo, sin representación legal adecuada.
La mujer migrante no solo cruza una frontera geográfica; cruza una frontera legal que la despoja de su voz.
Al llegar a este 25 de noviembre, no basta con hashtags ni solidaridad superficial. Debemos reconocer que las políticas migratorias de "mano dura" son, en esencia, políticas de violencia de género. Criminalizar la migración es empujar a las mujeres a las sombras, donde los depredadores operan sin testigos.
La verdadera eliminación de la violencia contra la mujer en Estados Unidos pasa obligatoriamente por una reforma migratoria con perspectiva de género. Pasa por garantizar que una mujer pueda pedir auxilio sin miedo a ser esposada. Porque la dignidad humana no debería caducar al cruzar una línea en el mapa, y ninguna mujer debería tener que elegir entre su seguridad y su permanencia en el lugar que llama hogar.
Nora Oranday, Coordinadora de Acción en Plenitud para Adultos Mayores del Partido Acción Nacional