LA FALACIA DE LOS MALOS GENES
Discurso de Trump Plantea ‘Diferencias Genéticas’ entre Migrantes y Estadounidenses
El peligroso ascenso del determinismo biológico en Estados Unidos
LA FALACIA DE LOS MALOS GENES
Discurso de Trump Plantea ‘Diferencias Genéticas’ entre Migrantes y Estadounidenses
El peligroso ascenso del determinismo biológico en Estados Unidos
La retórica de odio en Estados Unidos ha dejado de ser un eco marginal para instalarse en el centro del poder. El 23 de marzo del 2026 marcó un punto de quiebre cuando Pete Hegseth acusó a los migrantes indocumentados de “envenenar a la buena gente” del país. No es un exceso aislado ni una provocación pasajera. Que una declaración de este calibre provenga del jefe del aparato militar más poderoso del mundo implica una transformación profunda en la narrativa oficial. Se abandona el terreno de la política para entrar en una lógica de contaminación biológica.
Días antes, el presidente Donald Trump había reforzado esta línea discursiva en una entrevista televisiva. Ahí no sólo calificó a los migrantes como “gente enferma”, sino que introdujo un elemento aún más inquietante al insinuar diferencias genéticas entre ellos y la población estadounidense. Cuando el poder político apela a la herencia biológica como explicación de la conducta social, se erosiona el fundamento mismo del debate democrático. La ciudadanía deja de ser una construcción legal para convertirse en una condición supuestamente natural e inmutable.
El antecedente de una retórica calculada
Este giro no es espontáneo. En octubre del 2024, Trump ya había ensayado esta narrativa al afirmar que el crimen estaba inscrito en los genes de ciertos migrantes. Aquella declaración se apoyó en una interpretación distorsionada de datos del sistema migratorio, generando una sensación de amenaza que no correspondía con la realidad. Aunque las autoridades desmintieron esas cifras, el objetivo ya se había cumplido. La percepción pública había sido moldeada.
Desde entonces, la retórica ha seguido una progresión clara. Primero se habló de criminalidad, luego de contaminación y finalmente de genética. Cada etapa reduce la humanidad del otro y amplía el margen para justificar su exclusión. Antes de hablar de “malos genes”, el discurso ya había introducido la idea de que los migrantes “envenenan la sangre” del país, una expresión que remite a los lenguajes de pureza racial del siglo pasado. No se trata de una coincidencia, sino de una estrategia que transforma el miedo en política.
La arquitectura del discurso excluyente
Esta narrativa no se sostiene por una sola voz. Stephen Miller ha sido clave en la incorporación de ideas como la teoría del reemplazo en documentos oficiales. Tom Homan ha llevado esa visión al plano operativo mediante el endurecimiento de la política fronteriza. Desde la vicepresidencia, J. D. Vance ha contribuido a legitimar este lenguaje al presentarlo como una descripción objetiva de la realidad.
Lo que emerge es una estructura coherente que redefine la identidad nacional en términos biológicos. Bajo esta lógica, la nación deja de concebirse como una comunidad política y se aproxima a la idea de un cuerpo que debe ser protegido de elementos considerados ajenos o dañinos. La ley pierde centralidad frente a una noción difusa de pureza.
Un feudo genético y sus implicaciones
Para la comunidad mexicana y latinoamericana en Estados Unidos, este cambio discursivo tiene consecuencias directas. La introducción de argumentos genéticos abre la puerta a una jerarquización humana que trasciende lo legal. Ya no se discute quién tiene derecho a migrar, sino quién es inherentemente apto para pertenecer.
El filósofo Jason Stanley ha advertido que la construcción de un “nosotros” puro frente a un “ellos” biológicamente defectuoso es un rasgo central de los discursos autoritarios. La Historia demuestra que estas ideas suelen derivar en políticas de exclusión sistemática. Cuando el Estado adopta la premisa de que ciertos grupos son intrínsecamente peligrosos, la restricción de derechos se presenta como una medida de protección y no como una injusticia.
El impacto cotidiano y la legitimación del odio
Las consecuencias de este discurso se extienden más allá de las instituciones. Organizaciones como el Southern Poverty Law Center han documentado cómo la retórica deshumanizante legitima la acción de grupos extremistas. Cuando el lenguaje oficial convierte a comunidades enteras en amenazas biológicas, se reduce la barrera moral que contiene la violencia.
En ciudades con fuerte presencia mexicana como Chicago o Los Ángeles, así como en regiones del Texas, este clima se traduce en sospecha constante. El acento, el origen o la apariencia dejan de ser rasgos culturales para convertirse en supuestas pruebas de peligrosidad. La vida cotidiana se vuelve más precaria bajo el peso de una narrativa que ya no distingue entre individuo y estigma.
El efecto cascada y la encrucijada moral
Las implicaciones dentro de las instituciones son igualmente profundas. Organismos como Amnistía Internacional han advertido que el lenguaje deshumanizante genera un efecto cascada en las agencias de seguridad. Si desde la cima del poder se define a los migrantes como una amenaza biológica, quienes operan en el terreno pueden interiorizar esa lógica. La empatía se reduce y el trato se endurece.
Esto ayuda a explicar los abusos documentados en centros de detención. Bajo una narrativa que despoja de humanidad, la negligencia deja de percibirse como una anomalía. Se convierte en una consecuencia lógica del discurso dominante.
Nos encontramos ante una encrucijada que trasciende la política migratoria. Está en juego la definición misma de sociedad. Aceptar el determinismo biológico como argumento implica renunciar a los principios que sostienen la convivencia democrática. Para la diáspora mexicana, el desafío no es solo resistir, sino desmontar esta narrativa con claridad.
El silencio frente a estas ideas no es neutral. Es una forma de consentimiento. Frente a la falacia de los “malos genes”, la respuesta debe ser la defensa activa de una dignidad que no depende de la biología, sino de la condición humana compartida.