UN SISTEMA QUE SE QUEDA SIN MANOS
La Crisis Silenciosa en la Salud Estadounidense ante la Expulsión de Inmigrantes
UN SISTEMA QUE SE QUEDA SIN MANOS
La Crisis Silenciosa en la Salud Estadounidense ante la Expulsión de Inmigrantes
En el debate público sobre migración en Estados Unidos, el sector salud suele aparecer de manera marginal, como si fuera un ámbito aislado del resto de la economía. Sin embargo, pocas áreas dependen tanto de la mano de obra inmigrante como el cuidado médico y asistencial. Pensar en una salida masiva de trabajadores extranjeros sin analizar sus efectos en hospitales, asilos y atención domiciliaria no solo es irresponsable, sino peligroso.
Existe una idea extendida de que el sistema de salud se sostiene principalmente gracias a médicos altamente especializados. La realidad es mucho más amplia y menos visible. Detrás de cada consulta, cada cama hospitalaria y cada adulto mayor atendido en su casa, hay una red de trabajadores que limpian, alimentan, trasladan y cuidan. Una proporción significativa de ellos son inmigrantes. Son asistentes de salud en el hogar, auxiliares de enfermería, personal de limpieza y apoyo, figuras esenciales para que el sistema funcione día a día.
Estados Unidos atraviesa una transformación demográfica profunda. La población envejece a un ritmo acelerado y la demanda de cuidados aumenta cada año. Al mismo tiempo, los empleos de cuidado siguen siendo físicamente exigentes, emocionalmente desgastantes y mal remunerados. Durante décadas, estos puestos han sido ocupados, en gran medida, por inmigrantes jóvenes en edad laboral. No porque sean trabajos deseables, sino porque son indispensables y alguien debe hacerlos.
Si esa fuerza laboral desaparece de manera abrupta, el impacto no tardará en sentirse. La primera consecuencia será la escasez. Menos personal significa menos capacidad de atención. Residencias de ancianos operarán con plantillas mínimas o cerrarán. La atención domiciliaria, que permite a miles de personas mayores permanecer en sus casas, se volverá inaccesible o simplemente inexistente. En los hospitales, la falta de personal de apoyo se traducirá en mayores tiempos de espera, menor eficiencia y más presión sobre médicos y enfermeras.
A esta escasez se sumará un aumento inevitable de costos. Para atraer trabajadores en un mercado vacío, las instituciones de salud deberán subir salarios de forma abrupta. Esos costos no los absorberán las empresas, sino las familias. Cuidar a un padre o a una abuela, que ya representa un gasto difícil de asumir, se convertirá en un lujo reservado para unos pocos. La clase media será la más golpeada, obligada a tomar decisiones imposibles entre trabajo, cuidado y estabilidad económica.
Lejos de aliviar el sistema, la salida de inmigrantes lo empujaría al borde del colapso. Estos trabajadores no solo sostienen la atención directa, también contribuyen con impuestos y consumo a un sistema que atiende a una población cada vez más envejecida. Son parte del soporte que mantiene en funcionamiento un modelo ya tensionado.
Reducir la discusión migratoria a consignas ignora una verdad incómoda. En el sector salud, la inmigración no es un problema que deba eliminarse, sino una realidad que sostiene la vida cotidiana de millones de personas. Vaciar el sistema de quienes lo mantienen en pie no traerá orden ni eficiencia. Traerá abandono, encarecimiento y una crisis humana que no distinguirá entre ideologías.
Nora Oranday, Coordinadora de Acción en Plenitud para Adultos Mayores del Partido Acción Nacional