EL ESPEJISMO DE LA MANO DURA
La Gran Mentira de la Peligrosidad en las Nuevas Redadas Migratorias
EL ESPEJISMO DE LA MANO DURA
La Gran Mentira de la Peligrosidad en las Nuevas Redadas Migratorias
Febrero del 2026 ha llegado con un aire gélido que no solo se siente en los termómetros, sino en las entrañas de las comunidades inmigrantes a lo largo de todo el país. El discurso oficial prometió una purga de criminales peligrosos para devolver la supuesta paz a las calles estadounidenses. Sin embargo, cuando rascamos la superficie de la propaganda estatal, nos topamos con una realidad aritmética que desmorona cualquier intento de justificación moral o de seguridad pública.
Resulta que el 86% de los migrantes detenidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas carecen por completo de un historial violento. Esta cifra no es un error de cálculo ni un invento de la oposición, sino el reflejo de una estrategia que ha decidido priorizar el volumen de capturas sobre la peligrosidad real de los individuos. No estamos ante una operación quirúrgica contra el crimen organizado, sino ante una redada de pesca de arrastre que atrapa a todo lo que se mueve sin distinguir entre una amenaza real y un trabajador que simplemente busca el sustento diario.
La escala de esta persecución es inédita en la historia moderna de la nación. Los arrestos realizados en este primer año de gestión han superado con creces el triple de los ciento trece mil registrados durante el año dos mil veinticuatro. Este salto cuantitativo revela que la maquinaria de deportación ha dejado de ser una herramienta de orden para convertirse en un fin en sí mismo. El costo económico de mantener este despliegue es astronómico y recae sobre los hombros de los contribuyentes, pero el costo humano de desmantelar familias que eran el motor de economías locales es simplemente incalculable.
Mientras el gobierno celebra estas cifras como si fueran trofeos de guerra en un campo de batalla imaginario, la cotidianidad de nuestras ciudades se llena de sillas vacías y ausencias injustificadas. Al perseguir a ese ochenta y seis por ciento que no tiene antecedentes de violencia, el sistema está erosionando el tejido social que sostiene a barrios enteros.
El miedo se ha vuelto el impuesto más caro para quienes viven en las sombras, pero también para los ciudadanos que ven cómo sus vecinos y amigos desaparecen de la noche a la mañana bajo el amparo de una retórica del terror. Es hora de preguntarnos si la seguridad nacional se fortalece realmente arrestando a personas que nunca han empuñado un arma. La estadística es clara y contundente, aunque la voluntad política prefiera ignorar la verdad que esconden los números. Una nación que se ensaña con los más vulnerables bajo el disfraz de la justicia corre el riesgo inminente de perder su propia brújula moral.