Solus Deus
Yo, La Peor de Todas
Por Marcela Toledo
Solus Deus
Yo, La Peor de Todas
Por Marcela Toledo
Sólo quien carga el costal sabe lo que trae adentro. El mío estaba lleno de demonios poderosamente tormentosos. Algunos eran míos. La mayoría no. Y con ellos emigré a los 18 años a Chicago. Huí de todo tipo de abusos dentro de mi propia familia, tan disfuncional que teníamos un coyote como perro. Me mordió cuando yo tenía diez años. Las huellas visibles de sus tarascadas nunca desaparecerán. Pero sí las lesiones y ultraje mental adquiridos lo largo de mi vida, mismos que hasta hace cuatro años casi me llevan a la locura.
Inicié con terapia psicológica en 1995, en la Ciudad de México, cuando aún no terminaba mi primera licenciatura. Mi infancia estuvo plagada de toda índole de abusos, y continuó hasta que abandoné esa jungla de concreto, gobernada por un machismo asfixiante tanto en las calles como en cualquier oficina, pública o privada, o empleo. La más machista fue mi propia madre, quien les dio todo el poder a mis hermanos para golpearnos si les contestábamos mal. Se arrepintió cuando entre mi padre y mi hermano mayor golpearon y patearon a mi hermana mayor dejándole marcas por las que hubieran ido a prisión. Mi mamá convenció a mi hermana que no lo hiciera porque, “¿quién iba a mantener a sus cuatro hijos”?
Ni a mi papá. Quesque por “consideración” a mi abuelita, con quien vivíamos. Craso error. Las violaciones de mi padre crecieron hasta la ignominia. Lo mismo la perversa ambición y brutalidad de mis hermanos. Uno me despojó de mi casa. El otro de mi coche. Nomás porque pegaban fuerte. Y porque mi madre, cuyas palizas rayaban en la tortura, me condicionó a no defenderme de ellos. Curiosamente ella me forzó a defenderme de los asaltos de los libidinosos en la jungla de concreto. Así, con la mentalidad de “no te dejes” incrustada en mi ser llegué a los Estados Unidos.
Aquí se acrecentó mi suplicio, pues sólo yo desafié todo convencionalismo y me aventuré a dejar atrás a mi familia. Sola. Mis primos, quienes me invitaron muchas veces a visitarlos, me negaron alojamiento. Pronto aprendí que la lucha por la sobrevivencia en este país es lacerante. Todos quieren hacer leña del árbol caído. Tuve que laborar en diversos oficios y soportar humillaciones, abusos de toda índole y discriminación intermitente. Todo ello me causó más complejos, hasta dejarme con depresión profunda, ansiedad, trastorno de estrés postraumático complejo, y déficit de atención.
A pesar de tener todos los sacramentos católicos –menos el del matrimonio—, nunca creí en Dios. Hasta hace siete años, cuando visitaba Bangkok. No fue una experiencia cercana a la muerte. Sólo sentí su presencia divina y amorosa. Desde entonces no me volví a sentir sola. La fibromialgia, producto del maltrato y abuso en mi matrimonio, me mantuvo casi todo el 2016 en cama. La lista de mis especialistas era larga, y con todos los males físicos que me aquejaban, el Departamento de Educación me declaró total y permanentemente discapacitada. Ni más de siete medicamentos diferentes al día me calmaban el dolor. Hasta que me recomendaron con un practicante de ayurveda –medicina hindú con más de cinco mil años de existencia. A finales del 2017 viajé a la India a un retiro medicinal invaluable. Tratamientos especiales, dos masajes al día; yoga tres veces al día; meditación, dos veces al día, medicina herbal para el cuerpo y la mente, recreación diaria, caminatas, comida vegetariana…
El dolor insoportable desapareció. Pero mi mente siguió afligida y acosada por el narcisista abusivo que se alimentaba al hacerme sentir inferior –mi entonces marido. Yo seguía aferrada a él porque siempre se disculpaba. Pero seguía atacándome. Para esto ya frecuentaba una iglesia de ciencia religiosa y leía a Ernest Holmes. Luego siguieron más iglesias progresistas, y un coqueteo ligero con Dios.
En el 2019 viajé a la jungla peruana a un retiro de ayahuasca, ya que ningún antidepresivo me hacía sentir mejor. Fue increíble. Profundamente intenso y sanador. Hice las paces con mis muertos y fantasmas. Regresé diferente y feliz. Pero mi ahora ex me corrompió nuevamente. Al año siguiente regresé a la jungla por más medicina. Esta vez, el pasivo-agresivo fue más lejos y opté por divorciarme. Mas la pandemia me atrapó junto a él. Sus bajezas me estaban orillando al suicidio.
Tras el divorcio me mudé de Los Ángeles a la Costa Central de California, donde compré mi primera casa. Y me quedé completamente sola. Sin familia. Ni una mano amiga. Pasé casi un año llorando a gritos, de rodillas, cada noche Me volví cristiana porque sólo Jesús no me abandonó. Y a pesar de asistir fielmente a una iglesia donde la congregación se mostraba amigable, nadie se preocupó por mí. Cada domingo interrumpía el sermón al sonarme la nariz. Lloraba a raudales dondequiera y a la hora que fuera. No me importaba el qué dirán.
El camino hacia mi transformación fue largo. Dolorosamente insoportable . Interminable. Gracias a Dios, y a mi persistencia y fortaleza, hoy puedo decir que sí es posible sanar cualquier mal terrenal, generacional y ancestral, si se tiene la determinación y el valor para admitir y superar el pasado. Y con las herramientas adecuadas.
Leí todo sobre codependencia. Además de la ayahuasca, que me abrió los ojos del alma, he leído a los mejores especialistas en trauma y abuso, llevo más de 40 meses con terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimiento ocular, dos años con una especialista en terapia cognitivo-conductual, dos retiros de silencio de seis días cada uno; 15 meses con esquetaminas nasales, estoy leyendo La Biblia por segunda vez, sólo veo comedias y películas para niños, y en verdad sigo los Diez Mandamientos. Sólo se me dificulta amar a mis enemigos. Pero ya no sufro. El Altísimo me dio la fortaleza y el perdón. Y por primera vez en mi vida soy muy feliz sola. Vivo en paz conmigo misma, ya sin demonios.
No sólo quienes emigramos a otro país arrastramos un costal similar. También los que se quedan. Ricos y pobres, todos tenemos traumas. Pero sí es posible hallar la sanción. Aunque como dice la canción: La paz del alma la regala sólo Dios.
Marcela Toledo: Periodista bilingüe profesional que ha laborado en prensa escrita, radio, televisión e internet durante meas de 30 años, en México, California, Texas, Illinois y Michigan, Estados Unidos.Ha ejecutado investigaciones en diferentes ciudades de España, Irlanda e Inglaterra para publicaciones mexicanas. Estudió en Oriel College, Oxford, Inglaterra.