LAS ADELITAS:
Mujeres que Reescriben la Revolución
Por Andrea María Guzmán Mauleón *
Por Andrea María Guzmán Mauleón *
Hay figuras históricas que se nos quedan grabadas no sólo por sus hazañas, sino porque despiertan algo profundo en nuestra memoria colectiva. “Las Adelitas”, esas mujeres de la Revolución Mexicana que durante décadas fueron retratadas como simples acompañantes, en realidad fueron protagonistas silenciosas de lo que llamaría “una metamorfosis” que todavía hoy nos sostiene. Y quizá por eso, al hablar de ellas, una siente un nudo en la garganta: porque su libertad, valentía y capacidad de resistencia siguen siendo espejo de lo que las mujeres vivimos en pleno siglo Veintiuno.
Cuando pensamos en una Adelita solemos imaginar la falda larga, el rebozo, las carrilleras cruzadas y el tren avanzando entre el polvo y el estruendo de la guerra. Pero detrás de esa imagen romántica había mujeres de carne y hueso: Campesinas, obreras, maestras, telegrafistas, madres jóvenes; mujeres que dejaron atrás la seguridad de su casa para lanzarse a un país hecho pedazos. Unas siguieron a sus familias porque no tenían otra alternativa. Otras se sumaron movidas por convicciones políticas, por hartazgo ante las injusticias, por el deseo de un México diferente.
Pero muchas mujeres más vieron en la Revolución Mexicana un motivo de lucha para decidir, por primera vez, sobre su propia vida.
En los ejércitos de Villa, Zapata, Carranza y otros caudillos, estas mujeres fueron la columna vertebral de la revolución cotidiana. Cocinaban, cargaban agua, curaban a los heridos y atendían a los niños que viajaban con la tropa; ellas se convirtieron en el soporte logístico de miles de soldados. Sin su trabajo invisible, la Revolución no habría avanzado ni un kilómetro.
Pero limitar su papel al fogón sería repetir la injusticia histórica que las redujo a “acompañantes”. Las Adelitas también combatieron. Muchas aprendieron a usar el fusil, montaron a caballo, realizaron tareas de vigilancia o sabotaje, e incluso participaron en batallas decisivas. Ahí está el ejemplo de Petra Herrera, que al principio tuvo que disfrazarse de hombre para ser aceptada en el ejército villista y que luego comandó un batallón de mujeres en la toma de Torreón, en el Estado de Coahuila.
O Ángela Jiménez, experta en explosivos, o Amelia Robles, quien peleó como hombre y obtuvo grado militar por su valentía. Sus nombres son apenas una muestra mínima de miles que arriesgaron la vida con la misma entrega que los hombres.
En un México profundamente patriarcal, donde a las mujeres se nos reservaba el hogar y el silencio, ellas tomaron el campo de batalla. Lo ocuparon sin pedir permiso. Aún sin derechos políticos, sin acceso pleno a la educación y sin la protección de las leyes, asumieron un rol protagónico que la historia tardó décadas en reconocer.
Ese gesto —atreverse a hacer lo que no estaba permitido— es el corazón del empoderamiento femenino. Ellas no luchaban solo por los ideales revolucionarios: también luchaban por su dignidad, por su autonomía, por la posibilidad de decidir. Cada decisión que tomaron, desde unirse a una tropa hasta desafiar estereotipos, fue una afirmación radical de su libertad.
Las Adelitas también fueron mujeres profundamente humanas. El sacrificio que cargaron, los duelos, los desplazamientos, la incertidumbre constante… ninguna de estas cosas aparece en los corridos ni en los libros de texto. Y quizá parte de su fuerza está justamente en esa mezcla de fragilidad y determinación: Podían llorar al anochecer por un hijo perdido y al amanecer empuñar un fusil para defender la vida de otros.
Eran cuidadoras y combatientes al mismo tiempo, una dualidad que todavía hoy define a miles de mujeres que sostienen a sus familias, a sus comunidades y en muchos casos, a un país entero.
La imagen de la Adelita trascendió el campo de batalla para convertirse en símbolo cultural. El corrido que lleva su nombre, las fotografías en blanco y negro y la estética que heredó el cine mexicano terminaron creando un ícono nacional. Pero la verdadera importancia de ese símbolo está en lo que representa: la fuerza de las mujeres que no aceptan ser invisibles.
La Adelita es la madre, la hermana, la migrante, la trabajadora; es la mujer que decide caminar, aunque la historia oficial le diga que se quede atrás.
Hoy, en un país donde las mujeres exigimos seguridad, justicia, derechos laborales, igualdad sustantiva, pleno ejercicio de nuestros derechos político electorales y reconocimiento pleno, Las Adelitas vuelven a hablar a través de nosotras.
Nos recuerdan que la lucha por la libertad femenina no empezó en las marchas modernas ni en los parlamentos contemporáneos. Empezó también ahí, entre balas y trenes, con mujeres que no tenían derecho al voto pero que ya estaban transformando la nación con sus manos, su coraje y su determinación inquebrantable.
Para las mujeres que recuerdan entrañablemente a su México, pero que actualmente son parte de la diáspora —como muchas lectoras de esta revista—, las Adelitas también son un puente. Representan el enorme peso emocional de ser mujer en movimiento: dejar atrás el hogar, sostener familias a distancia, enfrentar violencias nuevas y antiguas, construir comunidad en tierra ajena.
Así que las Adelitas no son sólo pasado. Son una herencia, un recordatorio y una promesa. Son el recordatorio de que la Historia se reescribe cada vez que una mujer decide levantarse, tomar la palabra, organizarse o defender a otras. Y que, igual que ellas, nunca estamos solas en la lucha.
Porque la Revolución también fue de ellas. Y el futuro, sin duda, también lo será.
* Andrea María Gúzman Mauleón: Maestra en Dirección de la Comunicación y Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación. Con más de 9 años de experiencia en Igualdad de Género dentro de la Administración Pública. Asesora Legislativa en Cámara de Diputados.