El retorno de una generación. Tras años de construir su vida laboral en Estados Unidos, miles de mujeres mexicanas regresan enfrentando los desafíos de la vejez, las enfermedades crónicas y la dependencia.
El retorno de una generación. Tras años de construir su vida laboral en Estados Unidos, miles de mujeres mexicanas regresan enfrentando los desafíos de la vejez, las enfermedades crónicas y la dependencia.
El Regreso de una Generación de Mujeres Migrantes
Durante décadas, la migración mexicana hacia Estados Unidos fue asociada principalmente con hombres jóvenes que cruzaban la frontera en busca de trabajo. Esa imagen ya no explica por sí sola la realidad migratoria. Una investigación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) pone el foco en un grupo que ha recibido mucha menos atención: las mujeres mexicanas mayores que tuvieron una experiencia migratoria laboral en Estados Unidos y hoy enfrentan los desafíos propios del envejecimiento.
El análisis, presentado por Sebastián Antonio Jiménez Solís, investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, utiliza información de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM). Los datos permiten dimensionar una realidad que adquiere mayor importancia a medida que envejece la población migrante.
Una vejez marcada por la salud
En el 2021, cerca de un millón de personas de 65 años o más que vivían en México declaró haber migrado alguna vez a Estados Unidos por motivos laborales. De ese universo, más de 259,900 eran mujeres.
La investigación encontró diferencias importantes respecto de las mujeres de la misma edad que no habían migrado. Casi el 44 por ciento de las mujeres migrantes mayores presentaba al menos dos enfermedades crónicas, frente al 40.3 por ciento entre las no migrantes. Entre los principales padecimientos aparecen artritis, diabetes y distintos tipos de cáncer.
La dependencia funcional también representa un desafío. Cerca del 30 por ciento de estas mujeres tenía algún grado de dependencia para realizar actividades cotidianas, frente al 26.8 por ciento de las mujeres no migrantes.
Los datos muestran que la experiencia migratoria no desaparece con el paso del tiempo. Puede dejar consecuencias sobre la salud y las condiciones en las que una persona enfrenta la vejez.
El regreso no es igual para todas
Hablar de retorno exige, sin embargo, cautela. Los datos de ENASEM identifican a mujeres que tuvieron una experiencia migratoria en Estados Unidos, pero no permiten afirmar que todas ellas hayan regresado recientemente, que hayan sido deportadas o que hayan retornado bajo las mismas circunstancias.
Precisamente por ello, una de las preguntas que plantea la investigación es conocer en qué condiciones regresan estas mujeres a México.
El retorno puede producirse después de décadas de residencia en Estados Unidos, por decisión propia, por razones familiares, económicas o de salud, o como consecuencia de cambios en su situación migratoria. Cada circunstancia genera necesidades diferentes.
También destaca un dato social relevante: 45.9% de las mujeres migrantes mayores eran viudas. La ausencia de una pareja puede incrementar la dependencia de hijos, nietos y otros familiares, especialmente cuando existen problemas de salud.
Una vida laboral que también deja huella
Detrás de estas cifras existen trayectorias laborales que también deben ser examinadas. Muchas mujeres migrantes construyeron durante años su vida económica en Estados Unidos, pero no necesariamente tuvieron las mismas oportunidades de acceso a seguridad social, pensiones o atención médica. Al regresar, la distancia entre los derechos acumulados y las necesidades de una vejez con enfermedades o dependencia puede convertirse en un problema para ellas y para sus familias.
El desafío de envejecer entre dos países
El fenómeno plantea una pregunta que México tendrá que responder con mayor claridad: ¿Qué ocurre cuando una persona que pasó buena parte de su vida laboral en Estados Unidos regresa para vivir su vejez?
La respuesta involucra mucho más que servicios médicos. También están las pensiones, los ahorros, la vivienda, el acceso a medicamentos, los cuidados de largo plazo y las redes familiares. Para algunas mujeres, regresar puede significar reencontrarse con su comunidad de origen; para otras, volver después de décadas puede implicar reconstruir vínculos y formas de pertenencia.
El envejecimiento de esta población obliga a mirar el retorno migratorio desde otra perspectiva. No todos los migrantes regresan en las mismas condiciones y una mujer mayor con enfermedades crónicas puede enfrentar necesidades muy distintas a las de un trabajador joven deportado.
La investigación de la UNAM abre una línea que merece mayor atención. El reto será conocer las trayectorias de estas mujeres, las condiciones en las que regresan y quién asume los cuidados cuando necesitan apoyo. El retorno no termina al cruzar la frontera. Para muchas mujeres, ahí comienza otra etapa de la migración.