La tecnología acorta distancias, pero presenciar emergencias familiares desde lejos detona un estrés crónico e impotencia, un fenómeno psiquiátrico conocido como el Síndrome de Ulises en la comunidad migrante.
La tecnología acorta distancias, pero presenciar emergencias familiares desde lejos detona un estrés crónico e impotencia, un fenómeno psiquiátrico conocido como el Síndrome de Ulises en la comunidad migrante.
La Nueva Odisea y el Síndrome de Ulises
El teléfono vibra mientras termina una jornada de trabajo. Al otro lado de la pantalla, una madre intenta contener las lágrimas. Un padre acaba de salir del hospital. Un hermano pregunta si es posible enviar dinero para enfrentar una emergencia. La conversación termina en unos minutos, pero la preocupación acompaña al migrante durante el resto del día.
Hace apenas unas décadas, las noticias tardaban en llegar. Hoy la distancia desaparece con una videollamada, aunque la impotencia sigue intacta. Para millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, la tecnología ha logrado mantener unida a la familia, pero también ha hecho más difícil cargar con la ausencia.
El psiquiatra español Joseba Achotegui denominó Síndrome de Ulises al estrés crónico que puede experimentar una persona migrante frente a la separación familiar, la incertidumbre y las dificultades para construir una nueva vida. En la era digital, ese desafío adquiere una nueva dimensión. El migrante ya no imagina lo que ocurre en México. Lo presencia en tiempo real.
La nueva odisea
Ulises pasó años intentando regresar a Ítaca. El migrante mexicano también emprende un viaje lleno de incertidumbre, aunque su mayor desafío no siempre está en cruzar la frontera. Muchas veces comienza después, cuando debe construir una vida lejos de quienes más quiere.
Durante la jornada laboral llegan fotografías, videos y mensajes que hablan de enfermedades, problemas económicos o hechos de violencia. Para quienes aún no cuentan con un estatus migratorio seguro, regresar a México puede significar no volver a entrar a Estados Unidos. La pantalla permite escuchar una voz familiar y mirar un rostro querido, pero no reemplaza un abrazo ni la posibilidad de acompañar a los padres cuando más lo necesitan.
Las remesas representan un compromiso constante con la familia, pero no eliminan la culpa que muchos sienten por estar lejos en los momentos difíciles. Al mismo tiempo, las redes sociales mantienen al migrante pendiente de dos realidades que avanzan al mismo tiempo. Mientras trabaja para sacar adelante a su familia, también vive la preocupación cotidiana por lo que sucede al otro lado de la frontera.
Especialistas en salud mental recomiendan establecer límites saludables con la hiperconectividad y reconocer que cuidar de los demás también implica cuidar de uno mismo. La tecnología consiguió acortar los kilómetros, pero todavía no ha encontrado la manera de aliviar la nostalgia.
Quizá esa sea la verdadera odisea de nuestro tiempo. No consiste únicamente en llegar a otro país, sino en aprender a vivir con el corazón dividido entre el lugar donde se construye el futuro y el lugar donde permanece el hogar.