Un trabajador agrícola bajo un sol abrasador durante una jornada de cosecha en el sur de Estados Unidos, donde el calor extremo y la reducción de protecciones laborales incrementan el riesgo de enfermedades y muertes por estrés térmico.
Un trabajador agrícola bajo un sol abrasador durante una jornada de cosecha en el sur de Estados Unidos, donde el calor extremo y la reducción de protecciones laborales incrementan el riesgo de enfermedades y muertes por estrés térmico.
Trabajar a Cuarenta Grados
El choque entre las leyes estatales y la supervivencia migrante
El asfalto irradia calor extremo sobre las obras de construcción y los campos agrícolas del sur de Estados Unidos. A cuarenta grados Celsius, el clima no concede tregua. Para miles de trabajadores migrantes, en su mayoría mexicanos y centroamericanos, esa temperatura forma parte de la rutina diaria. Sin embargo, el mayor peligro de este verano histórico no proviene únicamente del sol implacable. También nace en legislaturas estatales que han comenzado a desmontar protecciones laborales básicas bajo el argumento de favorecer la competitividad económica.
Texas y Florida, dos estados cuya economía depende ampliamente de la mano de obra migrante, encabezan esta tendencia. En Texas, la ley HB 2127 eliminó la facultad de los municipios para mantener ordenanzas laborales que obligaban a proporcionar pausas periódicas para hidratación y descanso, como ocurría en ciudades como Austin y Dallas. Florida siguió un camino similar al impedir que los gobiernos locales establezcan estándares propios de protección frente al calor que superen la legislación estatal. En ambos casos, el resultado es el mismo. Las decisiones sobre agua, sombra y descansos quedan prácticamente en manos del empleador.
El calor también es un riesgo laboral
Las cifras de la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) muestran una realidad preocupante. El calor extremo constituye el fenómeno meteorológico que más muertes laborales provoca en Estados Unidos. Aunque los trabajadores hispanos representan alrededor del diecinueve por ciento de la fuerza laboral nacional, concentran más de un tercio de las fatalidades relacionadas con el estrés térmico. En el sector agrícola, el riesgo de morir por exposición al calor es aproximadamente treinta y cinco veces mayor que en otras actividades económicas.
La vulnerabilidad aumenta entre quienes carecen de documentos migratorios. El temor a perder el empleo o llamar la atención de las autoridades reduce las posibilidades de denunciar condiciones inseguras o solicitar un descanso. Cuando la temperatura corporal rebasa los cuarenta grados Celsius, el golpe de calor puede desencadenar falla multiorgánica en cuestión de minutos si la persona no recibe atención inmediata.
Especialistas en salud ocupacional también advierten que el problema podría ser mayor de lo que indican las estadísticas oficiales. Numerosos casos terminan registrados como infartos, deshidratación o insuficiencias orgánicas sin identificar al calor extremo como el factor que desencadenó la emergencia.
Entre el cambio climático y las decisiones políticas
Estados Unidos enfrenta una contradicción cada vez más evidente. Su economía necesita de millones de trabajadores migrantes para construir viviendas, carreteras y centros logísticos, además de mantener en funcionamiento la producción agrícola que abastece al país. Al mismo tiempo, varias legislaturas estatales reducen las herramientas mínimas de protección para quienes realizan esas labores bajo temperaturas cada vez más extremas.
Mientras OSHA no cuente con un estándar federal definitivo que regule la exposición al calor en los centros de trabajo, este conflicto entre productividad y seguridad seguirá cobrando vidas cada verano. En jornadas que superan los cuarenta grados, diez minutos de sombra, agua y descanso no representan un privilegio ni un obstáculo para la actividad económica. Constituyen la diferencia entre regresar a casa al final del día o convertirse en una estadística más de un verano que, año tras año, se vuelve más peligroso.