Un adulto mayor mexicano regresa a su comunidad después de décadas de trabajo en Estados Unidos, llevando consigo un patrimonio y una historia construidos entre dos países.
Un adulto mayor mexicano regresa a su comunidad después de décadas de trabajo en Estados Unidos, llevando consigo un patrimonio y una historia construidos entre dos países.
EL REGRESO DE LOS ADULTOS MAYORES MEXICANOS
Después de Estados Unidos, ¿qué queda?
Durante décadas, miles de mexicanos construyeron su vida laboral en Estados Unidos con una idea persistente en el horizonte: Algún día regresar.
Para algunos, ese momento llega después de 30 o 40 años de trabajo, cuando la edad, la salud, la familia o las condiciones económicas hacen posible —o necesario— volver a México. Pero regresar no significa simplemente volver a casa. Para una generación que pasó buena parte de su vida adulta en otro país, el retorno puede convertirse en una nueva etapa de adaptación.
El fenómeno merece atención porque el perfil de quienes regresan está cambiando. De acuerdo con los Censos de Población y Vivienda del 2010 y 2020 del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), el número de mexicanos identificados como migrantes de retorno desde Estados Unidos pasó de 824 mil 436 en el 2010 a 294 mil 203 en el 2020. Estas cifras corresponden a personas residentes en México que declararon haber vivido en Estados Unidos durante el quinquenio anterior, por lo que no representan todos los retornos ocurridos durante esos periodos. Entre los retornados identificados en el 2020, 14.2 %tenía 60 años o más, frente a 4.1 % en el 2010.
El cambio plantea preguntas que van mucho más allá de la migración. ¿Con qué recursos regresan? ¿Dónde vivirán? ¿Quién atenderá sus necesidades de salud? ¿Qué ocurre con las pensiones y ahorros acumulados en ambos países?
El regreso que llega con una historia laboral
No todos vuelven bajo las mismas condiciones. Algunos regresan con vivienda propia, ahorros y una pensión o beneficios obtenidos después de años de trabajo. Otros llegan con recursos limitados, problemas de salud o sin una red familiar sólida. También existen personas que regresan esperando descansar y terminan buscando nuevamente empleo para completar sus ingresos.
La trayectoria laboral importa. Quien trabajó durante décadas en construcción, agricultura, restaurantes, fábricas o servicios puede regresar con un patrimonio distinto al de quien tuvo acceso a empleos estables y prestaciones. El retorno, por tanto, no puede medirse solamente por el lugar donde vive una persona, sino por los recursos con los que llega y las oportunidades que encuentra.
La salud es otro punto crítico. Un análisis del Consejo Nacional de Población (CONAPO) basado en el Cuestionario Ampliado del Censo de Población y Vivienda 2020, identificó casi 20 mil personas mexicanas retornadas desde Estados Unidos que presentaban al menos una condición de discapacidad. El estudio encontró una concentración de estas condiciones en edades avanzadas y señaló barreras adicionales para acceder a servicios de salud.
El dato revela una dimensión poco visible del retorno. Después de décadas de trabajo, algunas personas regresan precisamente cuando comienzan a necesitar más atención médica y cuidados.
El patrimonio construido entre dos países
La jubilación de un trabajador mexicano retornado puede estar distribuida entre sistemas diferentes. Una persona puede conservar recursos en una Administradora de Fondos para el Retiro (AFORE) mexicana y, al mismo tiempo, recibir o gestionar beneficios derivados de sus años de trabajo en Estados Unidos. La administración de ese patrimonio requiere trámites, documentos y conocimiento de reglas que no siempre son sencillos.
La Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro (CONSAR) mantiene mecanismos para que los mexicanos residentes fuera de México localicen cuentas AFORE, consulten saldos y realicen determinados trámites. También señala que actualmente no existe un convenio bilateral que permita conjuntar las aportaciones de México y Estados Unidos para determinar una pensión única. Cada sistema aplica sus propias reglas.
Esto significa que regresar a México no elimina la dimensión transnacional de la vida económica. El trabajador puede cambiar de país de residencia, pero sus derechos, cuentas, obligaciones y beneficios pueden permanecer divididos entre ambos lados de la frontera.
Volver a un país que también cambió
Existe finalmente una dimensión social. Quien salió de México a los 20 o 30 años puede regresar a una comunidad que ya no es la misma. Los hijos quizá viven en Estados Unidos, los familiares envejecieron o fallecieron y las relaciones comunitarias se transformaron. La casa construida con años de trabajo puede seguir en pie, pero la red social que alguna vez la rodeó puede haber desaparecido.
Esa transición ocurre mientras cambian también las necesidades familiares. Por eso, el retorno de los adultos mayores mexicanos debería entenderse como un proceso de reintegración y no únicamente como un cambio de residencia. México necesita conocer mejor cuántas personas regresan en esta etapa de la vida, con qué recursos, qué condiciones de salud presentan y qué servicios requieren.
El Censo 2020 muestra que la proporción de personas de 60 años o más dentro de los mexicanos identificados como retornados aumentó considerablemente respecto de 2010. No significa que todos regresen por jubilación ni que enfrenten las mismas condiciones. Sí revela, sin embargo, que el retorno está adquiriendo una dimensión de mayor edad que merece atención específica.
La pregunta de fondo no es solamente por qué regresan. Es qué encuentra una persona después de haber trabajado durante décadas fuera del país y qué tan preparada está la sociedad mexicana para recibirla.
Para una generación que contribuyó durante años a dos economías, el regreso no debería significar comenzar de cero.