Vicente Salazar sobrevivió a los atentados del 11 de septiembre de 2001 tras evacuar desde el piso 56 de una de las Torres Gemelas y ayudar a una mujer con dificultades para caminar.
Vicente Salazar sobrevivió a los atentados del 11 de septiembre de 2001 tras evacuar desde el piso 56 de una de las Torres Gemelas y ayudar a una mujer con dificultades para caminar.
VICENTE SALAZAR A 25 AÑOS DE LA TRAGEDIA
Coahuilense Sobrevive Ataque a las Torres Gemelas
Por: Mtra. Andrea María Guzmán Mauleón
Hay historias que se cuentan desde las grandes cifras: miles de vidas perdidas, edificios destruidos, familias separadas y una ciudad que cambió para siempre. Pero también existen historias que caben en un gesto, en una mano que se extiende en medio del miedo o en una decisión tomada en cuestión de segundos.
A 25 años de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en las Torres Gemelas, la historia de Vicente Gabriel Salazar Chavarría nos recuerda que, incluso en los momentos más difíciles, hay algo que puede sobreponerse al miedo: La solidaridad con los demás.
Nacido en Zaragoza, Coahuila, Vicente trabajó casi 20 años en la Torre 2, en Nueva York. Se había desarrollado profesionalmente como diseñador de interiores y llegó a ocupar el cargo de jefe de interiores en una importante corporación financiera ubicada en aquel edificio.
Su trayectoria comenzó desde abajo. Ingresó como diseñador principiante y, con el paso de los años, fue ganando responsabilidades hasta convertirse en el primer diseñador de la corporación.
Su trabajo consistía, entre otras tareas, en diseñar y supervisar las oficinas de la compañía en distintas partes de Estados Unidos de América; elegía el mobiliario, los tapices, el arte, todo para que los espacios proyectaran adecuadamente la imagen de la compañía.
Durante casi dos décadas, las Torres Gemelas fueron parte de su vida cotidiana.
Por eso, para Vicente, la mañana del 11 de septiembre no fue solamente el día en que dos edificios emblemáticos de Nueva York fueron atacados. Fue el día en que el lugar donde había construido una parte importante de su vida profesional se convirtió, en cuestión de minutos, en un escenario de emergencia.
“Algo pasó”, dijo Vicente cuando sintió el impacto, mientras se encontraba en la torre.
Al principio no sabía qué había ocurrido, pero a través de los enormes vidrios transparentes pudo observar el movimiento de patrullas, escuchar las sirenas y, poco después, ver el humo que comenzó a cubrir el cielo.
Vicente Salazar recuerda con precisión: “Los ventanales eran enormes y los vidrios medían entre 17 y 18 pulgadas de ancho, pude darme cuenta de lo que sucedía y por eso supe que tenía que salir de ahí, salvar mi vida… Bajamos a ciegas”.
La incertidumbre se transformó rápidamente en una certeza: había que salir.
Él se encontraba en el piso 56 y desde lo alto comenzó a bajar por las escaleras de emergencia. No había luz suficiente, no veía nada, las pequeñas pantallas de los celulares que se usaban en ese entonces no eran suficientes para alumbrar y miles de personas intentaban evacuar al mismo tiempo.
“Cuando los terroristas quisieron derribar las torres con bombas, desconocían el gran diseño arquitectónico que tenían y lo mucho que resistieron… Pero cuando estrellaron los aviones sí lograron derretirlo todo con el combustible”, compartió.
Pero en medio de aquella situación apareció una decisión que marcaría para siempre sus recuerdos y, me atrevo a decir, que también lo definiría como una persona con un enorme sentido de humanidad: Salvar la vida de alguien más.
Entre las personas que evacuaban se encontraba Rosa, una mujer a quien Vicente conocía porque regularmente se encontraban en el transporte para llegar a la compañía.
Ella era paciente de cáncer y tenía dificultades para moverse, él pudo haber continuado el descenso solo… Pero no lo hizo. Decidió ayudarla a bajar. Decidió salvarle la vida.
Bajaron juntos por las escaleras por más de treinta niveles hasta que, en el piso 17, los bomberos les dieron alcance y les indicaron que era seguro seguir bajando. Ellos continuaron ayudando a Rosa.
El descenso fue lento y complicado. En algún punto del trayecto también ayudó a bajar las muletas de una persona que era su jefe.
Vicente nunca dejó de pensar en los demás.
No sabía cuánto tiempo tardarían en estar a salvo. Tampoco sabía qué estaba ocurriendo exactamente, pero de lo que sí estaba seguro era que el miedo no iba a paralizarlo y que la solidaridad que nos caracteriza como mexicanos no iba a desaparecer.
Cuando finalmente salió, encontró una escena que difícilmente podría olvidar: humo, fuego, personas corriendo, objetos esparcidos por las calles y una ciudad que parecía irreconocible.
Vicente recuerda haber visto personas desmayadas y mujeres embarazadas que habían caído durante la emergencia. Recuerda zapatos abandonados en las calles y fragmentos que habían caído desde las estructuras.
Pero, sobre todo, recuerda haber salido con vida.
“Gracias a Dios”, repite varias veces durante nuestra conversación. Porque también sabe que miles de personas no tuvieron esa oportunidad.
Una semana después de los atentados, Vicente y sus compañeros recibieron la indicación de regresar a trabajar. El miedo estaba presente y no podían saber si ocurriría otro ataque.
Pero por si esto no fuera suficiente, es importante compartir con nuestros lectores que los padres de Vicente fueron de las primeras generaciones de migrantes mexicanos que llegaron a Chicago.
Hace más de 70 años, ellos don Vicente y doña Mechita abrieron caminos en ‘La Villita’, un popular barrio en el que hoy sólo se habla español y que por todos lados grita ¡Viva México!
Antes de que se usara la palabra ´binacionales’, ellos lo eran. Mechita cruzaba la frontera para que sus hijos nacieran en México y no en Estados Unidos. Temía que el gobierno los enviara a la guerra. Una vez nacidos, regresaba con sus críos a Chicago.
En ese ir y venir…Y con el paso del tiempo, continuó trabajando y, finalmente, se jubiló a los 58 años de edad y hoy considera que fue una de las mejores decisiones de su vida.
Decidió regresar a su natal Zaragoza, a la casa familiar que perteneció a sus padres y abuelos. Pero ahí ocurrió algo sumamente especial y simbólico: El hombre que durante años diseñó los interiores de grandes oficinas financieras en Nueva York, se enfocó en transformar su propia casa en un espacio personal de tranquilidad.
La convirtió, como él mismo la describe, en un santuario; con un gran patio, lleno de cactus, biznagas y distintas especies que cuida y protege.
Ahora, veinticinco años después, la historia de Vicente adquiere un significado especial: su experiencia nos importa y nos demuestra que él es el ejemplo que arrastra.
Porque nos impulsa a sentir el orgullo de ser mexicanos, porque prácticamente nos obliga a ser buenas personas y porque Vicente Salazar es el testimonio vivo de que la solidaridad no conoce fronteras.
* Andrea María Gúzman Mauleón: Maestra en Dirección de la Comunicación y Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación. Con más de 9 años de experiencia en Igualdad de Género dentro de la Administración Pública. Asesora Legislativa en Cámara de Diputados.